Al momento de cancelar mi cuenta personal en Facebook me di cuenta que fue una lástima haber agragado como amigos a periódicos, revistas, promotoras y otras entidades culturales que desaproveché. Día a día, semana a semana, compartían información interesante que fui decartando de mi página de inicio al caer en el vicio de hablar sólo con unos cuantos (¿para qué mil amigos, si siempre hablaba con los mismo veinte, a los que casi siempre veía en la escuela?) y obviar la información de otros que al inicio me interesaron.
Me asombró tener como "amistades" a escritores, editores, actores, actrices que sólo agregaban a unos cuantos, a los más cercanos, o que ahora tienen su perfil en modo privado (de esos que al darles click para agregar Facebook nos marca como imposible y nos advierte que de seguir invitando gente que desconocemos nos suspenderá el servicio de manera permanente); haber compartido un saludo, una opinión en comentarios, muchas de las veces, demasiado personales.
Agradezco, sobre todo, las amistades (ahora sí) cibernéticas que iniciaron a partir de la red social, o aun mejor, las conversaciones virtuales que se desataron a raíz de temas polémicos sobre arte, literatura y sociedad. Emulaban a una verdadera reunión social, de madrugada con cerveza y cigarro en mano.
Entiendo como funcionan las redes sociales, la clase de interacción que uno puede obtener de un desconocido, un desconocido al que siempre hemos querido conocer y del que creemos saberlo todo (actrices, actores, escritores, músicos, entre otros), amigos que tenemos años sin ver (y que es probable que nunca más veamos), amigos a los que frecuentamos demasiado y flirteos.
Recuerdo que Agustín Peña canceló su cuenta por un rato, y que al hacerlo comentó en su muro algo así como que la realidad virtual no era real, era falsa. Luego, al reactivar su cuenta, comenté que su afirmación me parecía demasiado severa. Él contestó diciendo: pero real.
Yo no soy tan inflexible, porque virtuales son también los correos electrónicos personalizados, las llamadas teléfonicas o las tradicionales cartas. Existe claro, una realidad dentro de la virtualidad, y una virtualidad dentro de la realidad (es desde las carencias, recovecos, fallas, problemas de la realidad, de donde surge la reinterpretación y creación de los artistas); es grato que en la presente década las redes sociales nos permitan interactuar y compartir información de forma más rápida, más imposible. Es otra lástima, sin embargo, que sea también la década de la enajenación. Que el acceso a la información sea el cáncer de la calidad de contenidos en los medios. Me niego a seguir mostrando a los otros lo que no les interesa de mí, lo que no les importa, lo que sólo es mío, para mí, de mí. O de mí para alguien especial, entre dos, comunicación cerrada. Me niego a que me muestren lo que tampoco me interesa, lo que no debo saber así, lo que es entre otros dos.
Bendito el morbo que todavía nos asalta, la duda, la incertidumbre, la curiosidad, la intriga, la observación; para darle paso a la reflexión.
Recuerdo mucho la respuesta de Natalia Lafourcade en una entrevista para una revista juvenil:
Yo nunca nunca nunca: quiero dejar de caminar en el parque
por muy famosa que sea.
Yo nunca nunca nunca: quiero dejar de conocer gente cara a cara, y tener una conversación real. Que las llamadas, las cartas, los correos electrónicos y las publicaciones en el muro (o toques) vengan después.


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